Comprado en 1955, el vehículo atravesó golpes de Estado, transiciones y gobiernos democráticos hasta convertirse en una pieza emblemática del patrimonio político argentino. Siete décadas después, su historia vuelve a ponerse en marcha.
Corría el año 1955 cuando Juan Domingo Perón encargó una joya de la ingeniería estadounidense: un Cadillac El Dorado II descapotable. Un símbolo del poder y del vínculo del peronismo con la industria automotriz. Una nave negra con motor V8, 250 caballos de fuerza y detalles de lujo inéditos para la época, como levantavidrios eléctricos y una caja automática de avanzada.
Sin embargo, la historia tenía otros planes. La autodenominada Revolución Libertadora derrocó al General antes de que pudiera sentarse tras el volante, y el auto inició otra vida: la de coche oficial, atravesando dictaduras y gobiernos democráticos. Siete décadas después, en los talleres del Museo del Automóvil, en el barrio porteño de Villa Real, aquel símbolo de 1955 vuelve a ser desmontado y restaurado con vocación patrimonial.
Luis Spadafora, director de la Fundación Museo del Automóvil de la Ciudad de Buenos Aires, horas atrás, reveló los detalles de la «patriada» que significó rescatar al Cadillac del olvido.
“Hay que decir la verdad histórica: Perón nunca se subió a este auto”, aclaró Spadafora. El General lo adquirió en 1955, pero el golpe de Estado de septiembre de ese año cambió el rumbo del país y del vehículo. Cuando el Cadillac tocó suelo argentino, el gobierno constitucional ya había sido derrocado. Desde entonces pasó a formar parte del protocolo presidencial.
El Cadillac se convirtió rápidamente en el testigo mudo de los vaivenes del poder en Argentina. Durante décadas, su asiento fue ocupado por figuras de todos los signos políticos, desde presidentes de facto como Jorge Rafael Videla hasta mandatarios constitucionales como Arturo Frondizi y Arturo Illia. De este último se conserva una de las imágenes más potentes de la historia nacional: Illia sentado en el Cadillac mientras, detrás de él, los tres comandantes en jefe que luego lo derrocarían lo custodiaban en una escena cargada de ironía. Con el retorno de la democracia, el auto recuperó su esplendor protocolar al trasladar a Raúl Alfonsín en el día de su asunción, y años más tarde sirvió para pasear a Carlos Menem y Fernando de la Rúa. Incluso en 2006, durante una visita oficial, el entonces presidente venezolano Hugo Chávez se dio el gusto de conducirlo por los jardines de la Quinta de Olivos ante la mirada de Néstor Kirchner.
Luego de este último episodio de uso internacional, el vehículo volvió a quedar relegado en dependencias oficiales y su estado comenzó a deteriorarse de manera progresiva. Permaneció años inmovilizado en garajes estatales hasta que, durante la gestión de Mauricio Macri, se resolvió encarar su recuperación como parte del patrimonio histórico.
Luego de ese prolongado período de inmovilidad en la Quinta de Olivos y su paso por el antiguo edificio de Chrysler —donde permaneció sin mantenimiento adecuado—, la decisión política de recuperarlo abrió una nueva etapa. El primer relevamiento en Olivos fue contundente: Spadafora lo encontró «detonado». A partir de ese diagnóstico, el vehículo fue trasladado a los talleres del Museo del Automóvil, donde comenzó una restauración integral asumida bajo un compromiso explícito de costo cero para el Estado.
El vehículo tenía una particularidad que Spadafora define como un «buen lejos». Según relata, «uno lo miraba desde diez metros y lo veía bien, pero cuando se arrimaba veía la pintura cuadrada y el tapizado era deplorable».
Durante un año, un equipo de especialistas trabajó ad honorem en su recuperación integral, desde la mecánica hasta el tapizado original: «Llamé a unos amigos que participaron desinteresadamente. La parte de motor la manejó Luis Zschocke, un especialista en motores V8 que trajo repuestos de Estados Unidos», detalla Spadafora.
La reconstrucción fue total: se utilizaron cueros vacunos naturales para respetar la originalidad y se gestionaron recursos inéditos, como el aporte de la histórica firma Fate, que trajo del exterior neumáticos de una medida especial que ya no se fabrican en el país. «Fue una patriada, y la gente, los amigos, que venían a trabajar en forma gratuita», recuerda Luis.
Una vez finalizada la puesta en valor y de brillar en el Salón del Automóvil, el Cadillac fue trasladado al Museo de la Casa Rosada, donde debió ser bajado al subsuelo mediante rampas especiales diseñadas por el ingeniero Heriberto Pronello. «Ese museo no tiene ningún montacargas para poder bajar este auto; se bajó con una estructura que hizo el ingeniero Pronello», explica Spadafora.
Allí permaneció «sepultado» y estático durante ocho años, sufriendo el deterioro propio de la humedad y la falta de encendido, un combo letal que cristalizó sus frenos y degradó sus fluidos. La oportunidad de verlo rodar volvió a frustrarse en 2023, cuando Javier Milei manifestó su firme deseo de utilizarlo para el trayecto al Congreso durante su asunción; sin embargo, el estado de abandono técnico y el pedido de trámites administrativos, como la VTV y el seguro, obligaron al mandatario a desistir. No fue sino hasta 2025 cuando, bajo la actual gestión, se coordinó un nuevo operativo de extracción que incluyó un camión del Ejército y malacates para sacarlo a la superficie.
Finalmente, el auto regresó a los talleres de Villa Real, donde Spadafora y su equipo realizan hoy una limpieza profunda de la «panza» del vehículo, pintando el chasis y encamisando la bomba de freno original. El objetivo es ambicioso: lograr que, tras siete décadas de idas y vueltas, el Cadillac esté finalmente en orden de marcha para que cualquier presidente pueda usarlo sin que la mecánica sea un impedimento.
Hoy el Cadillac descansa sobre caballetes en los talleres de Villa Real, donde el equipo del Museo del Automóvil encara una puesta en valor integral que va mucho más allá de lo estético. «Ahora estamos haciendo lo que nadie ve: la parte baja», explica entusiasmado Luis Spadafora, mientras supervisa una mecánica de precisión que incluye la rectificación de campanas, el encamisado de la bomba de freno original y una revisión exhaustiva de cada rincón de la suspensión.
A pesar de sus siete décadas, el corazón del gigante negro se mantiene casi intacto con apenas 18.000 kilómetros reales, un tesoro de originalidad donde no se ha reemplazado ninguna pieza que altere su esencia. «Solo cambiamos consumibles como mangueras y correas para que el auto sea seguro», detalla el restaurador sobre el chasis, que tras una limpieza profunda y un trabajo de pintura a fondo, luce hoy tan inmaculado por debajo como por arriba.
Bajo un nuevo contrato de comodato, el Museo del Automóvil es ahora el guardián oficial de la pieza. El objetivo es claro: que el auto esté en «orden de marcha» permanente y deje de ser una pieza inmóvil. Si los plazos se cumplen, podría exhibirse nuevamente hacia mediados de marzo de 2026 en el Museo del Automóvil, en Irigoyen 2265, aunque la fecha aún no está confirmada. El mismo Museo se hace cargo -nuevamente-, de la restauración con ayuda de amigos.
FUENTE PERFIL/Gabriella Danieri
